Es
una persona jovial, escucha con atención a sus interlocutores. A cada
poco se excusa por tener que responder a sus tres móviles. El padre Armand no se podría haber imaginado que cuando fundó la congregación de los “Los Pequeños Hermanos de la Encarnación”, le lloviera con el tiempo una tremenda responsabilidad. Mientras vamos en el jeep que nos lleva a Pandiassou, en el centro de Haití, donde se han construido 20 nuevas casas para las víctimas del terremoto, recuerda la génesis de su trabajo: “En otro tiempo, Haití era un país rico, le llamaban “la perla de las Antillas”.
La razón de su riqueza estaba en su tierra, una tierra fértil que podía
garantizar prosperidad para todos sus habitantes. La agricultura fue
siempre nuestra riqueza. Y no puedo ahora aceptar que tengamos que
importar lo que necesitamos con ayudas exteriores”. Partiendo de esta realidad ha creado una empresa agrícola que acoge cada año a 240 jóvenes.
Llegados
a Pandiassou, el padre Armand, antes de la inauguración de las casas,
quiere mostrarnos lo que realiza la congregación: un nuevo hospital, una
escuela, una radio local, un orfanato, una depuradora de agua. En el
pequeño pueblo, recientemente construido, nos recibe una fila
interminable de alumnos impecablemente vestidos con sus uniformes,
acompañados de los habitantes de las casas y de la población del
entorno. La ceremonia de la entrega de las llaves comienza. De repente
la conmoción es grande cuando una mujer, al recibir la suya, recuerda el
terremoto, la destrucción de su casa, los muertos, la desesperación…
Luego, con mucha emoción, los nuevos propietarios van entrando en sus
habitaciones.
En
estas veinte casas se alojarán 160 personas, y se alimentarán gracias a
la electricidad producida por paneles solares que forman parte de un
vasto proyecto “Techo y salud para todos”, que prevé la
construcción de 100 nuevas casas, con la ayuda de una asociación
humanitaria francesa. El padre Armand nos conduce a un centro de
acogida. Una serie de habitaciones con baño frente al mar. El lugar es
ideal para descansar y meditar (muchas personas se acercan para hacer
ejercicios espirituales). Este centro ayuda a financiar otros proyectos.
El objetivo del padre Armand es la autosuficiencia económica de la
congregación. “Por el momento tenemos necesidad de donaciones para
sobrevivir, pero queremos producir aquí actividad económica que dé
trabajo a la población y generen beneficios para financiar nuestros
proyectos y centros”. Cuando le pregunto sobre el microcrédito en Haití, responde “sí,
existe, y es una cosa positiva, pero prefiero otra forma de ayuda,
porque la mayor parte de los beneficiarios del microcrédito abren un
pequeño comercio, compran productos casi todos fabricados en el exterior
y lo revenden. No crean riqueza. Propongo otra forma de crédito “el
crédito natural”: damos una vaca embarazada a un campesino, y más tarde
él nos lo pagará con una ternera. Hemos creado un matadero, una
carnicería. Creamos riqueza y al mismo tiempo damos trabajo a la gente”.
La
obra del padre Armand es reconocida por todos, también desde fuera de
Haití. En el año 2008, el Estado concedió a la congregación el título de
“tesoro nacional viviente” y les ha confiado la realización de
165 presas de retención de agua para la irrigación, además de la
gestión de un centro que acoge a niños de la calle de Port-au-Prince.
En este centro se encuentran 700 niños que vivían en condiciones
terribles: mal nutridos, no se lavaban, dormían en el suelo o en
cartones. Ahora, gracias a la congregación, viven en condiciones dignas,
y una buena de parte de ellos se han escolarizado.
Cenamos en el complejo de la Petite Cazeau
de Port-au-Prince, centro neurálgico de la Congregación y oasis de paz
en la caótica capital. Antes de la cena, el Padre Armand nos ofrece un
delicioso licor y nos habla de los centros de nutrición, donde la
congregación distribuye cada día comida para 6.000 jóvenes. En el fondo,
el padre Armand es como un padre de familia con sus hijos. Padre de una
familia, por cierto, muy numerosa.