Carlos de Foucauld intuyó, quizás como pocos, el alcance de la espiritualidad que emana de Nazaret...
Queridas familias, buenas tardes.
¿Vale la pena encender una pequeña vela en la oscuridad que nos rodea?
¿No se necesitaría algo más para disipar la oscuridad? Pero, ¿se pueden
vencer las tinieblas?
En ciertas épocas de la vida
–de esta vida llena de recursos estupendos–, preguntas como esta se
imponen con apremio. Frente a las exigencias de la existencia, existe la
tentación de echarse para atrás, de desertar y encerrarse, a lo mejor
en nombre de la prudencia y del realismo, escapando así de la
responsabilidad de cumplir a fondo el propio deber.
¿Recuerdan la experiencia de Elías? El cálculo humano le causa al
profeta un miedo que lo empuja a buscar refugio. «Entonces Elías tuvo
miedo, se levantó y se fue para poner a salvo su vida [...] Caminó
cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios. Allí
se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor
preguntando: “¿Qué haces aquí, Elías?”» (1 R 19,3.8-9). Luego, en el
Horeb, la respuesta no la encontrará en el viento impetuoso que sacude
las rocas, ni en el terremoto, ni tampoco en el fuego. La gracia de Dios
no levanta la voz, es un rumor que llega a cuantos están dispuestos a
escuchar la suave brisa: los exhorta a salir, a regresar al mundo, a ser
testigos del amor de Dios por el hombre, para que el mundo crea...
Con este espíritu, hace precisamente un año, en esta misma plaza,
invocábamos al Espíritu Santo pidiéndole que los Padres sinodales –al
poner atención en el tema de la familia – supieran escuchar y
confrontarse teniendo fija la mirada en Jesús, Palabra última del Padre y
criterio de interpretación de la realidad.
Esta noche, nuestra oración no puede ser diferente. Pues, como recordaba
el Patriarca Atenágoras, sin el Espíritu Santo, Dios resulta lejano,
Cristo permanece en el pasado, la Iglesia
se convierte en una simple organización, la autoridad se transforma en
dominio, la misión en propaganda, el culto en evocación y el actuar de
los cristianos en una moral de esclavos.
Oremos, pues, para que el Sínodo que se abre mañana sepa reorientar la
experiencia conyugal y familiar hacia una imagen plena del hombre; que
sepa reconocer, valorizar y proponer todo lo bello, bueno y santo que
hay en ella; abrazar las situaciones de vulnerabilidad que la ponen a
prueba: la pobreza, la guerra, la enfermedad, el luto, las relaciones
laceradas y deshilachadas de las que brotan dificultades, resentimientos
y rupturas; que recuerde a estas familias, y a todas las familias, que
el Evangelio sigue siendo la «buena noticia» desde la que se puede
comenzar de nuevo. Que los Padres sepan sacar del tesoro de la tradición
viva palabras de consuelo y orientaciones esperanzadoras para las
familias, que están llamadas en este tiempo a construir el futuro de la
comunidad eclesial y de la ciudad del hombre.
Cada familia es siempre una luz, por más débil que sea, en medio de la
oscuridad del mundo. La andadura misma de Jesús entre los hombres toma
forma en el seno de una familia, en la cual permaneció treinta años. Una
familia como tantas otras, asentada en una aldea insignificante de la
periferia del Imperio.
Charles de Foucauld
intuyó, quizás como pocos, el alcance de la espiritualidad que emana de
Nazaret. Este gran explorador abandonó muy pronto la carrera militar
fascinado por el misterio de la Sagrada Familia,
por la relación cotidiana de Jesús con sus padres y sus vecinos, por el
trabajo silencioso, por la oración humilde. Contemplando a la Familia
de Nazaret, el hermano Charles se percató de la esterilidad del afán por
las riquezas y el poder; con el apostolado de la bondad se hizo todo
para todos; atraído por la vida eremítica, entendió que no se crece en
el amor de Dios evitando la servidumbre de las relaciones humanas,
porque amando a los otros es como se aprende a amar a Dios; inclinándose
al prójimo es como nos elevamos hacia Dios. A través de la cercanía
fraterna y solidaria a los más pobres y abandonados entendió que, a fin
de cuentas, son precisamente ellos los que nos evangelizan, ayudándonos a
crecer en humanidad.
Para entender hoy a la familia, entremos también nosotros –como Charles
de Foucauld – en el misterio de la Familia de Nazaret, en su vida
escondida, cotidiana y ordinaria, como es la vida de la mayor parte de
nuestras familias, con sus penas y sus sencillas alegrías; vida
entretejida de paciencia serena en las contrariedades, de respeto por la
situación de cada uno, de esa humildad que libera y florece en el
servicio; vida de fraternidad que brota del sentirse parte de un único
cuerpo.
La familia es lugar de santidad evangélica, llevada a cabo en las
condiciones más ordinarias. En ella se respira la memoria de las
generaciones y se ahondan las raíces que permiten ir más lejos. Es el
lugar de discernimiento, donde se nos educa para descubrir el plan de
Dios para nuestra vida y saber acogerlo con confianza. La familia es
lugar de gratuidad, de presencia discreta, fraterna, solidaria, que nos
enseña a salir de nosotros mismos para acoger al otro, a perdonar y ser
perdonados.
Volvamos a Nazaret para que sea un Sínodo que, más que hablar sobre la
familia, sepa aprender de ella, en la disponibilidad a reconocer siempre
su dignidad, su consistencia y su valor, no obstante las muchas
penalidades y contradicciones que la puedan caracterizar. En la «Galilea
de los gentiles» de nuestro tiempo encontraremos de nuevo la
consistencia de una Iglesia que es madre, capaz de engendrar la vida y
atenta a comunicar continuamente la vida, a acompañar con dedicación,
ternura y fuerza moral. Porque si no somos capaces de unir la compasión a
la justicia, terminamos siendo seres inútilmente severos y
profundamente injustos.
Una Iglesia que es familia sabe presentarse con la proximidad y el amor
de un padre, que vive la responsabilidad del custodio, que protege sin
reemplazar, que corrige sin humillar, que educa con el ejemplo y la
paciencia. A veces, con el simple silencio de una espera orante y
abierta.
Una Iglesia sobre todo de hijos, que se reconocen hermanos, nunca llega a
considerar al otro sólo como un peso, un problema, un coste, una
preocupación o un riesgo: el otro es esencialmente un don, que sigue
siéndolo aunque recorra caminos diferentes.
La Iglesia es una casa abierta, lejos de grandezas exteriores, acogedora
en el estilo sobrio de sus miembros y, precisamente por ello, accesible
a la esperanza de paz que hay dentro de cada hombre, incluidos aquellos
que –probados por la vida– tienen el corazón lacerado y dolorido.
Esta Iglesia puede verdaderamente iluminar la noche del hombre,
indicarle con credibilidad la meta y compartir su camino, sencillamente
porque ella es la primera que vive la experiencia de ser incesantemente
renovada en el corazón misericordioso del Padre.